Me miró a los ojos

Los primeros compañeros de Jesús encontraron a Dios. Él se hizo presente en su vida cuando una mañana Jesús pasó por la orilla del lago, los vio mientras lanzaban las redes, porque eran pescadores. Les dijo una sola palabra: “Síganme”, y ellos dejaron las redes, la barca, el padre, los compañeros y lo siguieron.

Tiene que haber sido especial ese pasar de Jesús. Él nunca pasa sin motivo, pues vino para encontrarse con aquellas personas. Me hubiera gustado estar allí también yo ese día, cómo hubiera querido que su mirada se fijara también en mí. Hubiera querido yo también escuchar su voz, su palabra capaz de revolucionar la vida de los discípulos. Cuando Jesús pasa, desbarata siempre la vida rutinaria de los que encuentra, dejando un rastro indeleble.

Pasa respetuosamente y sólo dice “sígueme”; y sin embargo tiene la fuerza del huracán que se lo lleva todo.

Jesús pasa por las orillas del mar de Galilea. Parecería más lógico que hubiera buscado sus futuros discípulos en el templo, en oración. En cambio, los encuentra ocupados en los quehaceres diarios.  Jesús nos busca allí donde estamos, en la rutina diaria: en clase, por el camino, en el trabajo… La vocación se ubica en la historia sencilla y particular de cada uno. No es preciso realizar nada especial ni ser personas extraordinarias.

A esas personas “normales”, que llevan una vida normal, Jesús dirige su mirada. Es la mirada de quien me conoce desde siempre; mirándome me reconoce, ya sabe quien soy, conoce mi nombre sin que se lo diga, desde siempre me lleva en su corazón.

En los Evangelios se habla bastantes veces de la mirada de Jesús, que penetra en lo más íntimo de la persona conocida desde siempre, desde siempre amada y escogida para depositar en ella el amor eterno de Dios capaz de engendrar la vida nueva, hasta transformar totalmente su existencia. Jesús tiene una mirada que crea algo antes de que el hombre se dé cuenta.

Jesús lo miró y lo amó, dice el Evangelio hablando de estos extraordinarios encuentros. ¿No sientes en aquella mirada prolongada e intensa una atención especial, personal, constante?  Por esa mirada pasa todo el amor de un Dios. La elección que Dios hizo de mí desde la eternidad se realiza en un tiempo y un espacio concretos, se vuelve acontecimiento aquí y ahora, y se define cuando la mirada de Jesús se cruza con la mía y viceversa.

La vocación es este mirarme de Jesús. Yo también lo miro, y en esta mirada mutua se establece la primera relación interpersonal entre Jesús y los suyos, que sucesivamente será reforzada, purificada, renovada siempre por medio de una mirada relacionada con la primera inolvidable mirada.  Cuando Pedro niega a Jesús, es suficiente una mirada para convertirlo. ¡Quién sabe cuántas cosas le hizo recordar a Pedro esa mirada! La misma mirada de la primera vez.

Los Evangelios dicen que la mirada de Jesús se hace palabra y se vuelve invitación radical e indiscutible. Les dice: “¡Síganme!”. Y ellos aceptan de una vez y en seguida “lo dejan todo para seguirlo”.  Lo siguen porque se dan cuenta, confusa pero claramente, de que hay en Él algo capaz de llenar sus vidas y de darles sentido: allí, en aquel hombre, hay algo extraordinario, hay el secreto de la vida.

Dejar y seguir son dos acciones de un único acontecimiento e indican salir de sí para ir hacia Jesús y concentrarse en Él. La ruptura total con la familia y con la profesión no nace del desprecio de dichas realidades, sino que se debe al hecho de que es la presencia de Jesús lo que define la vida de los discípulos, lo mismo que la vida diaria se define por la familia y la profesión.

Jesús, en la parábola del tesoro escondido y de la perla fina, parece subrayar lo positivo que es seguirlo a Él incondicionalmente. Si el hombre vende el campo es porque descubrió un tesoro, y por esto lo hace muy alegremente.  También el comerciante de perlas lo vende todo porque por fin encontró lo que buscaba desde siempre. (cf Mt 13,44-46).

La vocación fundamental es encontrar a Jesús en el propio camino y entender que Él es la vida, la vida plena; que para vivir a cabalidad hay que seguirlo a Él, sin importarnos si debemos o no dejar redes, barca, padre… También los apóstoles continúan pescando después de la llamada de Jesús, pero todo eso ya no tiene mucho valor para ellos. Después de haber encontrado al Maestro y haber sentido su mirada clavada en nosotros, sólo queda seguirlo.

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